La gran ciudad

 

En un tiempo en que el transporte era lento y escaso, los centros urbanos favorecían las comunicaciones y las relaciones humanas, lo que a su vez aceleraba los cambios socioculturales. De ahí que se convirtieran en centros de innovación y desarrollo tecnológico, donde el libre flujo de ideas propiciaba las novedades científicas, religiosas y filosóficas.

Quizás hace siglos fuera bueno y seguro, pero hoy menos mal que vivo en el campo.

La ciudad aún ofrece a muchos las mismas ventajas; por ello, es natural que siga atrayendo a millones de inmigrantes, sobre todo si la vida rural se ha vuelto muy dura en el país. Pero no son pocos los que ven frustrados sus sueños de algo mejor. Dice el libro Signos Vitales 1998/99: “Según un reciente estudio del Consejo de la Población, la calidad de vida en muchos centros urbanos del mundo en desarrollo es hoy peor que en las áreas rurales”. ¿A qué se debe este fenómeno?

Henry G. Cisneros escribe lo siguiente en el libro The Human Face of the Urban Environment (El factor humano del entorno urbano): “Las dificultades de los pobres se disparan cuando estos se aglutinan en sectores geográficos bien definidos. […] Con la creciente concentración de desheredados, por lo general de alguna minoría, aumenta el desempleo, la dependencia (generalmente prolongada) de la seguridad social, los problemas de salud pública y —lo que es más alarmante— la delincuencia”.

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La miseria puede llevar al delito. En una ciudad sudamericana de ultramoderna arquitectura, la delincuencia cunde por doquier, lo que ha ido llenando de rejas el paisaje urbano. De este modo, ricos y pobres viven enjaulados a fin de proteger sus bienes, así como su intimidad, llegando a instalar estas protecciones aun antes de que la casa esté terminada.

Las grandes aglomeraciones también ponen en jaque la capacidad del municipio de brindar servicios tan esenciales como el agua corriente y el saneamiento. Se calcula que una metrópolis asiática precisa 500.000 retretes públicos, pero, según estudios recientes, tan solo posee 200 en funcionamiento.

No debe pasarse por alto la catastrófica incidencia de la superpoblación en la ecología. Los campos y granjas de las cercanías desaparecen al expandirse la urbe.

No porque los núcleos urbanos de Occidente presenten una situación menos angustiosa dejan de estar en crisis. Por ejemplo, el libro The Crisis of America’s Cities (La crisis de las ciudades estadounidenses) afirma: “Las urbes de Estados Unidos viven una espiral de violencia. […] Tanto es así, que la literatura médica empieza a dedicar bastantes páginas al fenómeno, considerado uno de los principales problemas de la salud pública en nuestro tiempo”. En realidad, muchas metrópolis de todo el mundo se ven afectadas por esta plaga.

Los municipios occidentales también tienen dificultades para prestar los servicios básicos. Ya en 1981, Pat Choate y Susan Walter escribieron un libro con el impactante título America in Ruins—The Decaying Infrastructure (Estados Unidos en ruinas: La decadencia de su infraestructura). En él decían que “la degradación de las instalaciones públicas estadounidenses es más rápida que su renovación”, y manifestaban inquietud por la abundancia de puentes oxidados, carreteras deterioradas y alcantarillados ruinosos que existía en las grandes ciudades.

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Veinte años después, ciudades como Nueva York aún adolecen de una infraestructura decrépita. Un artículo de la revista New York Magazine se refirió a la construcción del enorme Tercer Acueducto Subterráneo, obra que lleva unos treinta años en marcha y a la que se ha denominado la mayor empresa de infraestructura del hemisferio occidental. Los gastos se estiman en 5.000 millones de dólares. Cuando esté terminado, surtirá de 4.000 millones de litros de agua diarios a la Gran Manzana. “Pese a las colosales excavaciones —señala el redactor—, no tiene otra finalidad que complementar las tuberías existentes y permitir que se arreglen por primera vez desde su instalación a principios de siglo.” Según un artículo del rotativo The New York Times, las reparaciones del resto de la achacosa infraestructura urbana —metro, tuberías de distribución, carreteras y puentes— costará unos 90.000 millones de dólares.

Nueva York no es el único centro urbano con dificultades para brindar los servicios necesarios. De hecho, es patente la vulnerabilidad de muchas ciudades a trastornos de origen muy diverso. En febrero de 1998, la localidad neozelandesa de Auckland se vio gravemente afectada durante dos semanas por un corte en el suministro eléctrico. Así mismo, los residentes de Melbourne (Australia) tuvieron que arreglárselas por trece días sin agua caliente al quedarse sin gas a consecuencia de un accidente industrial.

Por último, hay un problema que comparten casi todos los centros urbanos: la congestión vial. El arquitecto Moshe Safdie dice al respecto: “Existe un conflicto fundamental: la desproporción existente entre el tamaño de las ciudades y los sistemas de transporte que las atienden. […] Las más antiguas han tenido que adaptar sus centros históricos a un volumen de tráfico que ni siquiera se imaginaba cuando se construyeron”. Según el diario The New York Times, los atascos son “la norma” en urbes como El Cairo, Bangkok y São Paulo.

Pese a todos estos sinsabores, no cesa la afluencia de inmigrantes a las ciudades. Como indica un artículo de El Correo de la UNESCO, “la ciudad aparece […], con o sin razón, como un espacio de progreso y de libertad, un espejismo de oportunidades de todo tipo, un lugar obligado de vida”. 

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