A conciencia

¿Sabe qué tienen en común el marinero que navega por el océano, el excursionista que atraviesa el desierto y el aviador que vuela entre las nubes? Que todos ellos se verán en graves problemas si no disponen de algún aparato para orientarse. No tiene por qué ser muy moderno; basta con una sencilla brújula.

En esencia, una brújula es un círculo con una aguja imantada que apunta al norte. Pero si funciona como debe, puede salvarnos la vida, y más si contamos con un mapa fiel.  Nos referimos a la conciencia. Sin ella, estaríamos completamente perdidos. Cuando la usamos bien, nos ayuda a hallar nuestro rumbo en la vida y a no salirnos del camino correcto. Como vemos, es un regalo muy valioso.

Tenemos en nuestro interior la capacidad de conocernos a nosotros mismos. Gracias a ella podemos, por así decirlo, mirarnos desde fuera y hacer una evaluación moral de lo que hacemos. La conciencia es testigo, fiscal y juez de nuestros actos y de nuestros motivos. Nos orienta al tomar decisiones y nos indica si el camino que pensamos seguir es bueno o no. Si decidimos acertadamente, nos premia haciéndonos sentir bien; si no, nos castiga con remordimientos.

Pero la conciencia no siempre funciona como es debido. Para entender por qué, piense en el ejemplo de la brújula. ¿Qué ocurre si la acercamos a un imán? Que la aguja se desvía y deja de apuntar al norte. ¿Y si la utilizamos sin la ayuda de un buen mapa? Entonces no valdría de mucho. Con la conciencia ocurre igual. Si dejamos que influyan en ella nuestros deseos egoístas, no nos indicará el camino correcto. Y si no consultamos el “mapa” de las decisiones correctas, no sabremos distinguir entre el bien y el mal a la hora de tomar muchas decisiones importantes.

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¿Cómo debe utilizarse la conciencia a la hora de tomar decisiones? Muchos creen que basta con escuchar al corazón. Luego tal vez digan: “Es que mi conciencia me lo permite”. Pero no olvidemos que los deseos del corazón son muy intensos y pueden afectar a la conciencia.

Al tomar decisiones, la persona que tiene la conciencia bien entrenada no se guía por el egoísmo.

Cuando se marca a las reses con un hierro al rojo vivo, su piel se quema y se forma una cicatriz insensible. Del mismo modo, la conciencia de muchos está, a todos los efectos, muerta. No siente ningún dolor. Por eso se queda muda cada vez que hacen algo malo; no les avisa ni les produce remordimiento, culpabilidad o vergüenza. Esas personas han perdido el sentido de la culpa y, por lo visto, ese hecho no les preocupa lo más mínimo.

Muchas veces, los sentimientos de culpa son la manera en que la conciencia nos dice que hemos hecho algo malo.

“Tenía la conciencia limpia; no la usaba nunca.”
Stanislaw Lec (1909-1966) Escritor polaco de origen judío.

 

 

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