Esclavos en el siglo XXI (2)

La infancia perdida

En una pequeña fábrica de alfombras de Asia, niños de tan solo cinco años de edad trabajan de las cuatro de la mañana a las once de la noche sin recibir paga. Muchos trabajadores infantiles como ellos están expuestos a grandes riesgos para la salud: maquinaria insegura, largas horas con pobre iluminación y mala ventilación, y peligrosas sustancias químicas empleadas en la fabricación de determinados productos.*

¿Por qué se cotiza tanto la mano de obra infantil? Porque es barata y los niños por naturaleza son dóciles, fáciles de disciplinar y demasiado asustadizos como para quejarse. Patronos sin escrúpulos ven en su pequeño cuerpo y sus hábiles dedos valiosos haberes para ciertos trabajos, como el tejido de alfombras. Es frecuente que sean los niños quienes reciban el empleo, mientras los padres están sentados en casa sin trabajo.

Para hacer más lastimosa la situación, resulta que los niños que laboran en el servicio doméstico son especialmente vulnerables al abuso sexual y físico. A muchos de ellos los secuestran, los aíslan en campos remotos y los encadenan por la noche para impedir que escapen. Durante el día trabajan en la construcción de carreteras y en canteras, por ejemplo.

Otra práctica que despoja a los niños de su infancia es el matrimonio servil. Anti-Slavery International explica un caso típico: “Se le dice a una niña de 12 años que su familia ha arreglado su matrimonio con un hombre de 60. Supuestamente, ella tiene derecho a negarse; pero en la práctica, no tiene oportunidad de ejercer ese derecho, y ni siquiera sabe que lo tiene”.

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Cientos de miles de trabajadores son esclavos de sus amos o sus lugares de empleo debido a los préstamos que ellos mismos o sus padres han recibido. Por tradición, el trabajo cautivo se presenta principalmente en zonas agrícolas, donde los trabajadores atienden las tareas del hogar o del campo. A veces, la deuda se pasa de generación en generación para tener siempre esclavos de una misma familia; en otras ocasiones, los prestamistas le venden los derechos sobre la deuda a un nuevo patrono. Hay situaciones extremas en las que los cautivos no reciben pago alguno por su trabajo, o se les compromete con relativamente pequeños anticipos de su sueldo, que se repiten indefinidamente y los convierten en esclavos del patrono.

Binti es originaria de África occidental, tiene 12 años y es una de las miles de muchachas que sirven de trocosi, palabra que en el idioma ewé significa “esclavas de los dioses”. Está obligada a vivir en esclavitud y penitencia por un pecado que no cometió: la violación que condujo a su propio nacimiento. Por el momento, sus responsabilidades se limitan a atender las tareas del hogar de un sacerdote fetichista de la localidad, pero con el tiempo incluirán servicios sexuales al sacerdote, que es su dueño. Cuando llegue a la mediana edad, Binti será reemplazada, pues el sacerdote habrá encontrado a otras muchachas atractivas que le sirvan de trocosi.

Miles de víctimas del cautiverio ritual, como Binti, trabajan como esclavas porque su familia las ofreció en su afán de purgar lo que interpretan como pecado o violación de un decreto sagrado. En varias partes del mundo se obliga a las jovencitas y mujeres adultas a realizar labores religiosas y prestar servicios sexuales a los sacerdotes o a otras personas, con el pretexto de que están casadas con alguna deidad. En muchos casos, las mujeres ejecutan otras tareas sin recibir paga. No son libres de irse a vivir a otro lugar o cambiar de trabajo, y es frecuente que su servidumbre dure muchos años.

(Fuente de datos de la revista ¡Despertad!)

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