Evolución, jajaja…

SIGLO 1 y 2

Los 50.000 espectadores que abarrotaban el antiguo circo romano estaban ansiosos de que se iniciara la función, pues durante días se había anunciado por doquier como ‘una emocionante experiencia que no debían perderse’.

Aunque las pantomimas, las comedias y la actuación de payasos o magos seguían atrayendo multitudes a los teatros, los juegos circenses eran muy diferentes. Ofrecían escenas tan impactantes que los asistentes olvidaban enseguida la dureza de los asientos y sus preocupaciones cotidianas.

Primero aparecían los cantores, seguidos del sacerdote, con sus vestiduras distintivas. Después, los portadores de incienso encabezaban una procesión en la que se llevaba a los dioses en alto para que los viera toda la concurrencia, dando a entender que auspiciaban los juegos.

Luego venían los grandes números. En primer lugar, quizá se soltaban en la arena avestruces y jirafas, animales que la mayoría de los presentes nunca había visto. Entonces, para el disfrute de un público sediento de emociones fuertes, un gran número de hábiles arqueros acorralaban y daban caza a las indefensas bestias hasta acabar con ellas.

A continuación, la enardecida muchedumbre quizás presenciara un combate a muerte entre dos enormes elefantes cuyos colmillos se habían reforzado con largas y afiladas puntas de hierro. Cuando uno de estos colosos, herido de muerte, se desplomaba sobre la arena ensangrentada, se producía un estruendoso aplauso. Después de este aperitivo, el público aguardaba expectante a que, tan solo unos minutos después, se sirviera el plato fuerte del día.

La concurrencia se ponía de pie al producirse la entrada de los gladiadores, anunciada con un gran despliegue musical. Algunos iban armados con dagas o con espadas, escudos y cascos de metal, mientras que otros apenas llevaban armas ni ropa. Peleaban cuerpo a cuerpo, y el combate a menudo continuaba hasta que moría uno de los dos, o ambos, de acuerdo con las aclamaciones de los espectadores. Según fuentes históricas, en una ocasión se mataron 5.000 animales en cien días, y en otra murieron 10.000 gladiadores. “Aun así, las masas pedían a gritos más acción”.

SIGLO 19-20 y 21

Hoy, al comienzo de un nuevo milenio, son muchos los aficionados a los deportes de riesgo —sobre todo si desafían a la muerte—, clara indicación de que no se han moderado demasiado las pasiones humanas. Por ejemplo, en el mundo iberoamericano (tanto en Sudamérica y México como en Portugal y España), la tauromaquia es popular desde hace siglos.

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Se calcula que en España existen más de cuatrocientas plazas de toros, y en México unas doscientas, una de ellas con más de cincuenta mil localidades. A menudo se ven repletas de aficionados que acuden a contemplar el valor con que se enfrenta el diestro a las embestidas del toro. Cualquier muestra de cobardía por su parte suscitará los abucheos del decepcionado público.

Actualmente también participan mujeres en la lidia, quienes obtienen ganancias millonarias. Una torera declaró en una entrevista televisiva que nada saciaba su sed de emociones como enfrentarse en el ruedo a las acometidas del toro, pese al constante riesgo de morir de una cornada.

“Cuatro hileras de personas se agolpan en la pamplonesa calle de la Estafeta, a la altura de Casa Sixto, formando una constante algarabía —relata una revista—. Se cruzan palabras en vasco, castellano, catalán e inglés, entre otros idiomas.” Todos han salido temprano a presenciar el encierro de los toros que se lidiarán ese día, los cuales se hallan en corrales situados a solo unos 800 metros del ruedo.

Por las mañanas se abren de golpe las puertas de los corrales y se sueltan seis reses. Estas salen disparadas a una calle flanqueada por edificios y cuyas bocacalles están cerradas con vallas, formando un pasillo que las conduce hasta la plaza de toros. Si todo va bien, tardarán unos dos minutos en hacer el recorrido.

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San Fermín

Tiempo atrás, alguien tuvo la idea de probar sus aptitudes corriendo delante de estos animales aun a riesgo de perder la vida, y en cada fiesta anual hay quienes lo siguen intentando. Esta costumbre es ya un espectáculo internacional. Muchos participantes han sufrido heridas graves, y otros han muerto a consecuencia de las cornadas. “Si crees que puedes dejar a los toros atrás —dijo un corredor—, estás muy equivocado.” Según la Cruz Roja Española, en veinte años se ha atendido “como promedio, a un herido por cornada al día” y a veinte o veinticinco con lesiones de diversa índole.

¿A qué se debe esta atracción fatal? Un corredor responde: “La clave está en los segundos que pasas junto a los toros, corriendo a su lado, oliéndolos, oyendo sus pisadas y viendo que suben y bajan sus cuernos a pocos centímetros de ti”. Los observadores animan exaltados a cada corredor. ¿Quedaría alguno decepcionado si no presenciara una cornada mortal o cómo un animal de casi 700 kilos embiste a un corredor y lo arroja con violencia sobre sus lomos? ¿Pudiera ser que en ciertos casos les atraiga tanto la sangre como les atraía a los espectadores del circo romano?

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