Odio y codicia

“Ningún organismo es una isla, pues siempre está relacionado con otros, directa o indirectamente.” (Symbiosis—An Introduction to Biological Associations [Simbiosis.

LA TRAMA de la vida. Esta expresión describe bien al ecosistema mundial, pues ciertamente es un tejido, o red, donde se interconectan organismos que dependen unos de otros, y una de cuyas hebras fundamentales es el ser humano. Para constatarlo, solo hay que mirar en nuestro propio cuerpo. Por ejemplo, en el aparato digestivo hallamos un ejército de útiles bacterias que fomentan nuestro bienestar al destruir peligrosos invasores, facilitar la digestión y colaborar en la producción de vitaminas esenciales. A cambio, nosotros, los anfitriones, proporcionamos a estas bacterias alimentos y un medio donde desarrollarse.

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Muchas leguminosas, como la alfalfa, el trébol, la arveja (guisante) y la soja, mantienen una relación especial con las bacterias, a las que permiten “infectar” su sistema de raíces. Pero las bacterias no las perjudican, sino que estimulan la producción en las raíces de unos pequeños nódulos donde ellas pueden instalarse y hacerse cuarenta veces más grandes. De este modo se convierten en bacteroides, cuya función es transformar el nitrógeno en compuestos asimilables por las leguminosas. A cambio, las bacterias reciben nutrientes de las plantas.

Cuando se posa sobre una flor, la abeja entabla una relación simbiótica con ella: a cambio de polen y néctar, la espolvoreará con polen de flores de la misma especie. Esta alianza posibilita que las plantas florales se reproduzcan. Una vez polinizadas, las flores dejan de producir alimentos. Pero ¿cómo saben los insectos que se ha cerrado el “comedor”? Gracias a las indicaciones de las propias flores: tal vez pierdan su aroma o sus pétalos, o cambien de orientación o colorido, que a menudo se vuelve más tenue. Por tristes que nos parezcan estos fenómenos, son gestos de “cortesía” hacia la laboriosa abeja, que puede centrarse en otras plantas abiertas al “público”.

Si usted fuera un pájaro, ¿introduciría en su nido una serpiente viva? “¡Claro que no!”, dirá con toda probabilidad. Sin embargo, hay un ave que hace eso mismo. Se trata del autillo, que aloja a la serpiente gusano. En vez de atacar a los polluelos, esta culebra ciega come hormigas, moscas y otros insectos, así como sus larvas. Según un artículo de la revista New Scientist, los polluelos que se crían con esta aspiradora viviente en medio de ellos “crecen más rápido y tienen una esperanza de vida mucho mayor” que los que no gozan de su compañía.

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El alcaraván acuático es un ave que va un paso más allá: no hospeda serpientes, sino que se muda al vecindario del cocodrilo del Nilo, en cuya dieta figuran ciertas aves. Sin embargo, el alcaraván acuático no será su presa, sino su centinela. Cuando se acerquen enemigos a su propia casa o a la del vecino, emitirá su llamada, y el cocodrilo acudirá corriendo si está fuera.

Es una lástima que el ser humano muchas veces no colabore con la naturaleza. A diferencia de los animales, que se gobiernan principalmente por instinto, él está sujeto a la influencia de factores muy diversos, sean positivos, como el amor y otras cualidades, o negativos, como el odio y la codicia más egoísta.

¿Porqué Carles Puigdemont y Mariano Rajoy no quieren entenderse?

(Datos de Despertar)

6 comentarios en “Odio y codicia

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