¡Vaya con el polen…!

CON la llegada de la primavera, las abejas vuelan incansablemente de flor en flor y el aire se llena de polen. A quienes padecen de alergias, les parece que el polen no les ocasiona más que molestias. Pero antes de concluir que este polvillo de la naturaleza solo presenta inconvenientes, deberíamos repasar la función vital que desempeña. Tal vez nos sorprenda descubrir cuánto depende nuestra vida de él.

¿En qué consiste exactamente el polen? Según el Diccionario del estudiante, de la Real Academia Española, se trata de un “conjunto de granos diminutos presentes en los órganos reproductores de las flores y portadores de las células masculinas”. En otras palabras, las plantas producen polen para reproducirse. Todos sabemos que, en los seres humanos, el óvulo femenino necesita ser fecundado con el esperma masculino para que nazca un niño. De igual modo, el órgano reproductor femenino de la flor (llamado pistilo) necesita el polen del órgano masculino (llamado estambre) para fecundarse y producir fruto.

Aunque los granos de polen son tan diminutos que apenas se aprecian a simple vista, se los puede observar a través del microscopio. Quien así lo haga verá que tienen su propia “huella dactilar”, pues el tamaño y la forma de los granos difieren según la especie. Como el polen es además muy resistente al paso del tiempo, los científicos pueden examinar los granos de siglos de antigüedad que desentierran. Gracias a su “huella dactilar” pueden averiguar qué se cultivaba en el pasado. Pero más importante todavía es que tales rasgos distintivos permiten a las flores reconocer el polen de su propia especie.

Muchas especies vegetales dependen del viento para su polinización. En estos casos, el viento libera el polen al sacudir los amentos (espigas de flores de un mismo sexo) o los conos y luego lo transporta a otras plantas. En algunas especies acuáticas, el agua realiza esta misma función. Dado que con el viento no siempre se logra la polinización al primer intento, las especies que se reproducen de esta forma deben producir cantidades astronómicas de polen. Y claro está, a las personas que sufren de fiebre del heno, tanto polen les provoca muchas molestias.

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Aunque el viento sirve de agente polinizador para muchos tipos de árboles y hierbas, las plantas con flor que no crecen muy cerca unas de otras necesitan un sistema más efectivo. Así pues, ¿cómo hacen llegar su polen a otras plantas de la misma especie que están a varios kilómetros de distancia? Mediante un servicio de reparto muy eficaz formado por murciélagos, pájaros e insectos. Pero obviamente, estos repartidores no van a llevar el polen de una planta a otra sin recibir nada a cambio.

Las flores les ofrecen néctar, un sabroso jugo difícil de rechazar. Cada vez que un visitante se acerca a sorber el néctar, una buena dosis de polen queda espolvoreado sobre su cuerpo. Y cuando se aleja en busca de más néctar, lleva el polen a la siguiente flor.

Los insectos son, con diferencia, los principales agentes polinizadores, sobre todo en zonas de clima templado. Todos los días visitan un sinnúmero de flores para alimentarse de néctar y polen. La profesora May Berenbaum explica: “Los insectos reciben poco reconocimiento por la que seguramente es su principal contribución a la salud y el bienestar humanos: la polinización”. Los árboles frutales, por ejemplo, suelen tener flores que dependen de la polinización cruzada para producir una buena cosecha. Todo esto muestra la importancia que tiene para nosotros el transporte del polen.

Antes de alimentarlos, las flores tienen que atraer a los posibles polinizadores. ¿Cómo lo logran? Algunas les ofrecen un soleado lugar de descanso. Otras dan buena publicidad a sus productos, por lo general mediante un aspecto y un aroma atrayentes. También hay muchas flores que les indican el camino hacia el néctar con manchas o rayas de colores.

Lo cierto es que el modo de atraer a los polinizadores varía mucho de una flor a otra. Algunas emiten un olor a putrefacción irresistible para las moscas. Hay flores que recurren a otras artimañas para asegurarse de que se produzca la polinización. La orquídea llamada flor de la abeja, por ejemplo, presenta un aspecto similar al de la hembra de ese insecto, lo que induce a las abejas macho que buscan pareja a visitar dichas orquídeas. Otras flores atrapan a los insectos y no los dejan salir hasta que estos cumplen su labor polinizadora. “En todo el reino vegetal no existen mecanismos más delicados, precisos e ingeniosos que los destinados a garantizar la vital polinización de las flores”, escribe el botánico Malcolm Wilkins.

Gracias a la polinización, las plantas se multiplican y producen el alimento que necesitamos. Es verdad que a veces el polen es una molestia para algunos de nosotros, pero todos deberíamos agradecer que los atareados polinizadores distribuyan este polvo fundamental para la vida. Las buenas cosechas dependen en gran medida de este maravilloso proceso natural.

(de la revista Despertar)

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