Hay que joderse…!!!

Ánimo Venezuela

Hay quienes piensan que las personas caen en la pobreza por culpa de sus malas decisiones. Y eso puede ser cierto en algunos casos. Es fácil que quienes se entregan a vicios como la bebida, la droga o el juego pierdan todos sus recursos. Sin embargo, no todos los pobres se encuentran en la miseria por haber actuado con poco juicio.

Multitud de trabajadores han perdido su empleo debido a cambios en la industria. Mucha gente ha visto esfumarse los ahorros de toda una vida por gastos médicos cada vez más elevados. Y la mayoría de los cientos de millones de pobres que viven en países en desarrollo no están en la miseria porque se lo hayan buscado. Con frecuencia, la pobreza se debe a factores que escapan al control de sus víctimas. Veamos un ejemplo histórico que lo ilustra.

A principios de la década de 1930, el mundo se hallaba inmerso en una crisis económica que llegaría a conocerse como la Gran Depresión. En cierto país, millones de personas perdieron su empleo, y cientos de miles de familias, su casa. Pero mientras mucha gente pasaba hambre, los ganaderos vertían enormes cantidades de leche en las cunetas, y las autoridades obligaban a los granjeros a sacrificar millones de animales.

¿Por qué desperdiciaban así el alimento? Los principios económicos dictaban que la venta de estos y otros productos básicos debía producir beneficios. Cuando eso no era posible, comestibles tan necesarios para los pobres como la leche, la carne y los cereales perdían su valor comercial, y había que deshacerse de ellos.

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La falta de alimento provocó disturbios en gran número de ciudades. Hubo quienes, incapaces de comprar comida para su familia, conseguían lo que necesitaban a punta de pistola. Otros sencillamente pasaban hambre. Todo esto sucedió nada menos que en Estados Unidos. Durante los primeros años de la Gran Depresión, el poderoso sistema económico de esta nación les falló a los más desprotegidos. Ganar dinero era lo primordial; satisfacer la necesidad de alimento, techo y trabajo de los ciudadanos era tan solo una cuestión secundaria.

La economía mundial se recuperó de la Gran Depresión, y hoy parece haber más riqueza y estabilidad que nunca antes. No obstante, en medio de tanta abundancia, los pobres siguen teniendo pocas oportunidades de mejorar su situación. Son tantos los informes del hambre y la miseria existentes en los países en vías de desarrollo que muchos se cansan de leerlos. Y, sin embargo, todo sigue igual: la guerra provoca hambre entre los refugiados, los políticos dejan que el alimento se pudra en los almacenes y las fuerzas del mercado encarecen tanto los artículos básicos que los pobres no los pueden adquirir. A la vista está que vivimos en un sistema incapaz de cuidar a sus miembros más vulnerables. A la economía mundial no le preocupan en lo más mínimo los millones de personas pobres.

En realidad, ningún sistema económico humano ha satisfecho debidamente las necesidades de todas las personas. Hace unos tres mil años, un agudo observador de la conducta humana (Salomón) llegó a la siguiente conclusión: “Yo mismo regresé para poder ver todos los actos de opresión que se están haciendo bajo el sol, y, ¡mira!, las lágrimas de aquellos a quienes se oprimía, pero no tenían consolador; y de parte de sus opresores había poder, de modo que no tenían consolador”. Todavía hoy, en medio de tanta prosperidad, se cometen numerosos actos de opresión económica.

Los millones de personas que viven actualmente en la miseria tienen pocas oportunidades de salir del pozo en el que están sumidos. Así y todo, muchos han aprendido a hacer frente a sus problemas económicos. También han aprendido a mirar al futuro con la firme esperanza de una vida mejor.

El escritor y periodista David Shipler nos ilustra la situación de algunos estadounidenses que viven al borde de la ruina económica: “Un apartamento viejo y deteriorado empeora el asma de un niño, lo que le causa una crisis y obliga a la madre a llamar a una ambulancia. Como no puede pagarla, su historial de crédito se echa a perder. Esto dispara la tasa de interés del préstamo para adquirir un automóvil y la fuerza a comprar uno de segunda mano no tan fiable, con el que llegará tarde al trabajo. La falta de puntualidad reduce sus posibilidades de recibir un ascenso y, por ende, de ganar más dinero, lo que le impide mudarse a un apartamento mejor” (The Working Poor—Invisible in America [Los trabajadores pobres: invisibles en Estados Unidos]). Aunque vivan en la nación más rica del mundo, la amenaza de la pobreza pende constantemente sobre esta madre y su hijo.

En noviembre de 1993, en un edificio gubernamental de la ciudad de Washington se había reunido un grupo de funcionarios para resolver una grave cuestión. Tenían cientos de millones de dólares a su disposición y querían utilizarlos en beneficio de las personas sin hogar de Estados Unidos. Mientras debatían este asunto, al otro lado de la calle se arremolinaban en torno a una parada de autobús varios policías, bomberos y trabajadores de servicios médicos de urgencias. El personal de la ambulancia estaba recogiendo el cadáver de una mujer que vivía en la calle. Había muerto enfrente del Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano, la agencia estadounidense encargada de ayudar a las personas que no tienen techo.

Un periodista del rotativo The New York Times entrevistó posteriormente a una funcionaria de dicha agencia. Hablando del número de trabajadores y vehículos de los servicios de urgencia que acudieron al lugar, ella dijo: “Es irónico que se inviertan tantos recursos en alguien cuando muere y que, en vida, no se le haya dado ni una mínima fracción de eso”.

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