Salud

Al pensar en su adolescencia, Jean recuerda vívidamente que era el centro de todas las burlas. ¿Por qué? Porque era la muchacha más alta y grande de la clase. Y el problema no acababa ahí. “Peor aún, era tímida y cohibida —dice Jean—. A menudo me sentía sola, con deseos de tener amigos, pero casi siempre tenía la sensación de ser una intrusa.”

Jean estaba convencida de que la causa de todos sus problemas radicaba en el tamaño de su cuerpo, y que todo se arreglaría si adelgazaba y conseguía tener una figura esbelta. No era una cuestión de sobrepeso. Al contrario, con 1,83 metros (6 pies) de estatura y 66 kilos (145 libras) de peso nadie la catalogaría de obesa. Pero ella se veía gorda, y a los 23 años decidió perder peso. “Cuando esté delgada —razonaba—, las personas me querrán a su lado. Por fin me sentiré aceptada y especial.

”Esa lógica ridícula me tuvo acorralada durante doce años en un círculo vicioso de anorexia nerviosa y bulimia —explica Jean—. Ya lo creo que adelgacé, tanto que casi me muero, pero en lugar de alcanzar la felicidad, arruiné mi salud y pasé más de diez años de depresión y suplicio.”

JEAN no es la única. Según cierto cálculo, 1 de cada 100 estadounidenses enferma de anorexia nerviosa durante la adolescencia o la primera etapa de su vida adulta, y tal vez el triple de esa cantidad son bulímicas. “Llevo años trabajando en centros de enseñanza media y universidades —dice la doctora Mary Pipher—, y veo de primera mano que los trastornos alimentarios proliferan igual que antes.”

Además, afectan a diversas clases de personas. Aunque antes se creía que solo los padecían los ricos, ahora se consideran comunes en todo ámbito racial, social y económico. Incluso está aumentando el número de víctimas del sexo masculino, por lo que la revista Newsweek llama a los trastornos alimentarios “atacantes no discriminatorios”.

No obstante, lo que más preocupa es que la edad media de los pacientes que reciben tratamiento por trastornos de la alimentación es cada vez inferior. “Se está internando en los hospitales a niñas menores de 10 años, algunas de tan solo seis años —dice Margaret Beck, directora en funciones de un centro especializado en trastornos alimentarios de la ciudad de Toronto—. La cifra todavía es pequeña, pero va en aumento.”

En total, los trastornos alimentarios afectan a millones de personas, principalmente niñas y mujeres jóvenes.“ No piensan en la comida ni la utilizan igual que la mayoría de las personas —comenta Nancy Kolodny, trabajadora social—. En lugar de comer cuando tienen hambre, para nutrirse y gozar de buena salud, por placer o para pasar un rato agradable con otros, se comportan de manera rara con la comida y hacen cosas que no se consideran ‘normales’, como seguir rituales extraños antes de permitirse comer, o sentirse impulsadas a eliminar inmediatamente del organismo el alimento que acaban de consumir.”

(Datos de la revista Despertar)

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