Clarinete

Artículo de Antón Losada en el Periódico de Cataluña

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Hasta para manifestarse hay clases. Los pobres necesitan juntarse por miles y paralizar una ciudad o un país durante días para que les hagan caso. A los ricos les bastan unas decenas, el palo de una escoba y protestar un “ratito en su calle”, que diría Isabel Díaz Ayuso, la enlutada Evita del distrito de Salamanca. 

De entrada claman contra el desorden de que no mande quien debería y luego ya, cada loco con su tema. Unos gritan libertad ante las garras del tirano Pedro Sánchez mientras añoran las libertades en plural disfrutadas bajo la paternal protección de Francisco Franco y Billy el Niño. Otros demandan el fin del confinamiento mientras se saltan la cuarentena que reprochan a Pablo Iglesias no haber respetado. Unos exigen ver los ataúdes y otros reclaman la dimisión del Gobierno por los muertos que los anteriores no se creen. Algunos simplemente acuden porque, antes contagiados que venezolanos. Ni siquiera hace falta coherencia en las demandas. La noticia no es que pidan lo de siempre, sino que los ricos formen la masa manifestante. 

Tampoco importa que suenen a delirio negacionista o terraplanismo epidemiológico. Lejos de disparar las alarmas que llevarían  a cualquiera a preguntarse si está en el lado correcto, las creencias absurdas refuerzan su compromiso de clase. A fin de cuentas carece de mérito salir a la calle a defender que el servicio no deba esperar otro mes para cobrar una ayuda que llevan dos aguardando. La verdadera prueba de lealtad coalicional reside en atreverse a denunciar la conspiración entre Facebook y el Gobierno rojosatánico para censurar Whatsapp, o que la Guardia civil te detiene por llevar la bandera de España. Cuanto más cabrea a los otros, más razón llevan los míos. 

Aunque el razonamiento de fondo que, de verdad, alienta sus protestas no resulta privativo de los famosos ‘cayetanos’. Conforme le vamos perdiendo el respeto al virus, crecen las voces repitiendo que no podemos seguir así. El país no puede estar parado hasta hallar una cura, es hora de volver a arrancar la economía y al que le toque, le tocó; que decida el destino, nada más democrático. El tramposo dilema entre salud y economía siempre se clarifica cuando las probabilidades de contagiarse, o pagarlo caro, decrecen de manera inversamente proporcional al escalar la distancia entre trabajadores y patronos. Así funciona la cadena alimenticia

Hace mal el Ejecutivo al tratar las protestas de los más ricos como un problema de salud pública. Todos tenemos derecho a erguirnos ante el centurión y proclamar que somos Espartaco como en la película de Stanley Kubrick, aunque nos quede ridícula la malla de gladiador; es lo bonito de la democracia. Los despliegues policiales solo suministrarán a la derecha extrema más imágenes con que fabricar la pistola humeante que buscan desde el principio para probar que el virus y la alarma ocultan un golpe de Estado chavista, deslegitimar definitivamente a este Gobierno y legitimar cualquier intento de derribarlo.

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