El problema

Cada vez que surge un conflicto, usted y su cónyuge se deshacen en críticas destructivas. Las palabras hirientes son algo tan común entre ustedes que se han convertido en su forma “natural” de comunicarse.

Usted puede mejorar su matrimonio, pero antes necesita identificar la raíz del problema y convencerse de que lo mejor para ambos es cambiar

La crianza. Muchos hombres y mujeres han crecido en hogares donde los comentarios ofensivos eran el pan de cada día, así que repiten en su matrimonio el patrón que aprendieron de sus padres.

La influencia del mundo del entretenimiento. El cine y la televisión han convertido el lenguaje hiriente en cosa de risa, lo cual hace pensar a los espectadores que es inofensivo e incluso divertido.

La cultura. Hay culturas en las que se considera que los “hombres de verdad” deben ser dominantes o que las mujeres deben actuar con agresividad para no parecer débiles. En medio de una discusión, los esposos que tienen esas características podrían ver al otro como un enemigo, no como un aliado, y emplear palabras que distancian en vez de unir.

Independientemente de la causa, el lenguaje ofensivo puede desencadenar un divorcio o provocar problemas de salud. De hecho, hay quienes afirman que las palabras duelen más que los puños. Una esposa que sufrió maltrato verbal y físico a manos de su esposo lo expresó así: “Los insultos me hacían más daño incluso que los golpes”.

¿Qué puede hacer si las palabras hirientes están destruyendo su matrimonio?

Póngase en el lugar de su cónyuge. Trate de entender qué efecto tienen sus palabras en su pareja; esfuércese por recordar algún caso específico en el que la haya lastimado. Pero no se concentre en lo que dijo o no dijo: lo que importa es cómo se sintió la otra persona. ¿Qué hubiera podido decir de manera diferente, más amable?

Aprenda de matrimonios que se respetan. Si los malos ejemplos han influido en su manera de comunicarse, escuche cómo se hablan los matrimonios ejemplares e imítelos.

Reavive los sentimientos que los unieron. Las palabras hirientes no nacen en la boca, sino en el corazón. De ahí que sea tan importante nutrirlo con pensamientos y sentimientos positivos acerca de su cónyuge. Hablen de las actividades que les gustaba realizar juntos. Miren las fotos de sus primeros años. Recuerden las cosas que los hacían reír y las cualidades que los atrajeron el uno al otro.

Hable en primera persona. En vez de acusar a su cónyuge por algo que hizo, hágale saber cómo se siente. Es más probable que responda bien si le dice: “Me siento despreciado cada vez que haces planes sin consultarme”, que si le dice: “Tú siempre haciendo planes sin consultarme”.

Sepa cuándo parar. Si nota que están perdiendo el control y que las palabras empiezan a subir de tono, quizás lo mejor sea dejar la discusión para otro momento. No hay nada de malo en retirarse de una pelea y esperar a que los ánimos se calmen. (Principio bíblico

“Las palabras hirientes no nacen en la boca, sino en el corazón”.

(de la revista Despertar)

2 comentarios en “El problema

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