El “yo primero”

Cada día nos ofrece numerosas oportunidades de hacer cosas buenas por los demás; sin embargo, parece que muchas personas solo piensan en sí mismas, y lo demuestran a diario con sus acciones: el descaro con que estafan a otros, su agresividad al conducir, el lenguaje grosero que emplean, su temperamento explosivo…

La mentalidad del “yo primero”, la de solo pensar en uno mismo, también existe dentro de muchas familias. Por ejemplo, hay quienes se divorcian simplemente porque creen que merecen algo mejor. Hasta los padres pueden sembrar las semillas del egoísmo en sus hijos sin darse cuenta. ¿De qué manera? Al consentirles todos sus caprichos y no atreverse a disciplinarlos.

En cambio, son muchos los padres que están enseñando a sus hijos a pensar primero en los demás, con resultados muy positivos. Los niños que son considerados tienen mayores probabilidades de hacer amigos y disfrutar de relaciones saludables; además, se sentirán felices y satisfechos.

Si usted tiene hijos, ¿qué puede hacer para ayudarlos a ser considerados y a no dejarse contaminar por el espíritu de egoísmo que los rodea?.

El problema. Los investigadores han observado una preocupante tendencia: muchos jóvenes entran en el mercado laboral convencidos de que tienen derecho a todo, esperando tener éxito aunque hayan hecho poco o nada para alcanzarlo. Algunos dan por sentado que recibirán un ascenso en poco tiempo sin haber dominado siquiera el oficio. Otros creen que son especiales y que merecen un trato especial, pero cuando descubren que el mundo no los ve así, se derrumban.

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La raíz. En muchos casos, el problema tiene su origen en la crianza que recibieron. Por ejemplo, el movimiento de promoción de la autoestima, tan popular en décadas recientes, ha influido excesivamente en algunos padres. Sus principios parecían válidos: si unas pocas palabras de alabanza le hacen bien al niño, muchas le harán mejor. Por otra parte, se creía que cualquier muestra de desaprobación lo desalentaría; y hacer eso era el colmo de la irresponsabilidad en un mundo cuya misión era fomentar la autoestima de los hijos. Al niño nunca debía hacérsele sentir mal consigo mismo, o por lo menos eso era lo que se les decía a los padres.

Muchos comenzaron a colmar de elogios a sus hijos, aun cuando no hubieran hecho nada especial para recibirlos. Cualquier logro, por pequeño que fuera, se celebraba; y toda falta, por grande que fuera, se disculpaba. Tales padres creían que el secreto para elevar la autoestima era pasar por alto lo malo y elogiar todo lo demás. Hacer que el niño se sintiera bien consigo mismo cobró más importancia que enseñarle a hacer cosas que lo hicieran sentir bien.

Hay que reconocer que la alabanza es oportuna cuando es merecida. Pero alabar al niño con el único fin de no hacerlo sentir mal puede llevarlo a desarrollar una visión distorsionada de sí mismo.

Lo que usted puede hacer. Propóngase corregir a sus hijos cuando sea necesario y elogiarlos cuando haya verdaderos motivos. No esté alabándolos a cada rato con el simple fin de hacerlos sentir bien. Lo más probable es que no funcione. La verdadera confianza en uno mismo brota de ejercitar los talentos y aprender cosas, no de que le digan que es extraordinario tan solo porque existe.

“Lo que se dé a los niños, los niños darán a la sociedad” Karl A. Meninger

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